Cadaqués—notas sobre estar lejos
Es la primera vez que me pasa desde que vine a España que me siento lejos, dividida entre acá y allá. Justo nos habíamos ido con nuestrxs veciamigxs a Cadaqués. Un pueblo que, aunque pequeño, siento que nunca termino de conocer completo.
El sábado al mediodía, mientras miraba maravillada la combinación de mar y roca típica de la Costa Brava, me llegó un mensaje: la abuela se cayó y se rompió la cadera, o se rompió la cadera y por eso se cayó, no sabemos el orden, tampoco importa mucho. Se habían dado una serie de eventos afortunados dentro de la desgracia. Uno, no perdió el conocimiento con la caída; dos, mi abuelo logró despertarse con los gritos; tres, le llevó el teléfono para avisar a sus hijxs.
Me quedé un instante más mirando al mar. Mi mamá y el resto de la familia se estaban ocupando de todo y yo no podía hacer más que acompañar desde acá.
Mientras tanto anduvimos un rato por la costa y, buscando los carteles del Camino de Ronda, terminamos en una isla que hay a un costado del pueblo. Tomamos mates al sol y charlamos, no me acuerdo de qué, solo me acuerdo de que me sentí acompañada.
A mi abuela la llevaron en ambulancia y la internaron en el Cemic. En un instante, los diez mil kilómetros que nos separan pesan una tonelada.
De a ratos la belleza de Cadaqués me traía al presente. Saqué fotos a los cuadritos en las tapas de luz, a las sombras que dibujan las ramas de los árboles sobre las casas blancas, a las ventanas pintadas de azul. Había una casa en especial que nos quedamos mirando un rato largo porque tenía la fachada azul y amarilla, los colores de Boca. El cuadro de mi abuela se fue complicando a medida que avanzaba el fin de semana. ¿Qué hago? Fuera de lugar, lejos.
De vuelta en el pueblo, descubrimos un lugar italiano para comer y la encargada nos sentó enseguida a pesar de que no teníamos reserva y estaba todo lleno. Comí ravioles con manteca y salvia y de postre compartimos tiramisú que estaba buenísimo. Mi cuerpo estaba ahí, los pensamientos ¿o es el corazón? en Buenos Aires.
Decidí esperar a ver cómo seguía todo. La vuelta a casa manejé yo para ir atenta a otra cosa, sonaba Los piojos de fondo con Bicho de ciudad y decía: será la vida / que siempre nos pega un poco / nos encandila / con lo que está por venir. Mi abuela mejoró con los días, pudieron operarla y volvió a su casa con indicaciones para su recuperación. Así que decidí no ir todavía. Más adelante.
Es casi año nuevo y acá estoy, disfrutando de la casa sola porque Agus ya se fue para Argentina.
La sensación de estar lejos que surgió en Cadaqués se apaciguó un poco, aunque no del todo. Y está bien.
Será parte del movimiento de migrar.
Me quedo con este sentir un rato más.